Sacerdote salvadores, de 40 años dedicado a la causa de su pueblo y de un gran sentido religioso de oración.
Estaba profundamente tocado por el sufrimiento de las personas y vivía realistamente la posibilidad del martirio. Escribía a religiosas mexicanas, en cuya casa se había hospedado: "Esta es la hora de los testimonios y de los mártires. Que no nos asusten los sufrimientos, pues ellos son iluminados por la esperanza de los nuevos tiempos… No debemos vivir en la espera ociosa de los nuevos tiempos, sino prepararlos diariamente, en la caridad y en la justicia".
"Que nunca nos dejemos vencer por el miedo, por la inseguridad o el desaliento".
Alirio fue párroco de San Esteban Catarina, en San Vicente. Su cuerpo queda extendido sobre el altar, cuando tres hombres le ametrallan en el templo, mientras celebra la Eucaristía.
Al igual que otros sacerdotes asesinados, el delito de Álirio Napoleón es el haber optado decididamente por los pobres de su pueblo y el de haber dedicado lo mejor de su tarea pastoral al desarrollo de las comunidades de base. (copiado de: http://fundahmer.org.sv/Sitioweb/index.php?option=com_content&task=view&id=26&Itemid=)
Alirio Macías: el cantor del servicio
tomado de:
Varios sacerdotes conce-lebraban la misa en San Esteban Catarina, la mañana del miércoles 4 de agosto, en memoria del Padre Alirio Napoleón Macías, en el vigésimo quinto aniversario de su asesinato. El Padre Rogelio comenzó la homilía y, luego de unas breves palabras, invitó a la asamblea a continuar la homilía con sus testimonios. Entonces, un sacerdote se levantó y dijo: “Sería una falta para mí quedarme callado”. Era el P. Ramiro Valladares, compañero del Padre Alirio Napoleón Macías. También sería una falta por parte nuestra no reproducir aquí siquiera un resumen de lo dijo el Padre Valladares:
“Napo murió, fue asesinado. Yo soy párroco de Verapaz desde hace 28 años, y desde ahí comenzaron los sufrimientos. Y digo que me alegro. Me alegro de que la huella de Macías esté abierta y que todavía haya corazones que lo reconozcan como pastor. Con Macías eramos parte del grupo de sacerdotes suspendidos por nuestro obispo, aquí en San Vicente. Aunque amolados, siempre estábamos alegres y muy unidos. Monseñor Romero era, como quien dice, nuestro director espiritual. Cuando nos sentíamos ya ahogados, acudíamos a Monseñor Romero. Una vez al mes, el primer lunes de cada mes, íbamos a tomar consejo con Monseñor, que nos recibía en el Hospitalito.
Con Macías fuimos compañeros desde que tenía 11 años, cuando entré en el seminario. Macías me llevaba un año adelante. Anduvimos juntos por muchos avatares como seminaristas y luego como sacerdotes. Hay mucho que pudiera decir, pero no les quiero cansar. Sólo sé que es un hombre de Dios. Para mí es un hombre de Dios. Macías era un enamorado de la liturgia, le encantaba el canto. El siempre andaba cantando y me acuerdo de muchas canciones. Muchas veces iba al hospital de San Vicente con su concertina para alegrar a las personas enfermas. Fiel al Señor en la Palabra, la liturgia. Le encantaban las cosas bien hechas. No hechas sin prepararse.
Pero también era un hombre de servicio. Tenía ese don, ese carisma de servir. Recuerdo que en las reuniones, el último que comía era él, porque siempre andaba sirviendo la comida. Muchas veces lo encontré en San Vicente llenando tambos de agua, porque aquí era difícil encontrar agua antes, no sé ahora, para repartirle a la gentencita. En su pick-up azul traía el agua para la gente que no podía.
Cositas así son las que le tienen en el cielo y que me dan la seguridad y la confianza, tan fuerte que una vez, que ya no estaba Monseñor Romero, y que me encontraba en dificultades muy serias, le dije a Macías de rodillas: “Si estás en el cielo, ayúdame, que no yo puedo más”. Y, gracia a Dios, que no pasó lo que se pretendía. Por eso, pienso que está en el cielo, contento, feliz de verlos a ustedes que lo llevan en el corazón, no solamente por sentimientos, sino por razones fehacientes de que es el hombre que supo ser sacerdote y supo servir a su gente. Fue alguien que nos inspiró doctrina, trabajo y servicio”.
Las palabras del Padre Valladares fueron varias veces interrumpidas por los aplausos agradecidos del pueblo. Muchas cosas buenas tuvo este veinticinco aniversario. Hubo cantos, bailes folclóricos de los jóvenes, reflexiones, peregrinación desde la tumba hasta el lugar de la Misa, pero sin duda fue este testimonio del Padre Valladares lo que más aplausos y alegría causó entre las casi mil personas que allí se encontraban. Es de los testimonios que dan ánimo y ganas de seguir trabajando por la causa del P. Alirio Napoleón Macías.
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